Excerpt

El sénsar había perdido el tricornio, tenía la capa hecha jirones y el escénicon medio arrancado de la cara, pero seguía empuñando con fuerza la pistola. Horrorizada, Europa dio un paso hacia él. Cubierto de sangre y herido, el sénsar se tambaleó ya en los límites del claro y, resollando de un modo estremecedor, susurró con toda la fuerza de que fue capaz:

-Señora, ¡nos atacan!

La oscuridad dio paso a chillidos y alaridos, uno de ellos del propio Rossamünd, que gritó de miedo. Las violentas sacudidas del landó le hicieron caer cuando el caballo se asustó ante el asalto e intentó darse a la fuga, pero era difícil que lo consiguiera al andar renqueante y estar enganchado al carruaje. El jamelgo profirió un relincho sofocado cuando el landó se detuvo de pronto, derribando a su ocupante una vez más. Rossamünd miró por un lateral. Las sombras entraban como balas en los límites del campamento. Unos seres de cabezas grandes y cuerpos menudos -a pesar de la fogata y el quinqué, apenas se les veía- salían en tropel de entre los árboles aullando triunfalmente. Arrollaron a Licurio cuando se volvía para defenderse. Se derrumbó, pero disparó la pistola antes de caer aplastado bajo una multitud de bichos que mordían y rechinaban los dientes. Europa profirió un grito inarticulado, pero los pequeños terrores se le habían echado encima incluso antes de poder intervenir. La zarandearon ferozmente en un intento de derribarla también, gritando al unísono y con estridencia:

-¡Asesina, asesina!

Acabó con cuantos se abalanzaron sobre ella. Se sacudió de encima a varios de un solo golpe, tan sonoro que parecía un anuncio de que la fúlgar iba a empezar su horripilante tarea. Se movía y hacía cabriolas a una velocidad letal, giraba y golpeaba con mirada iracunda, con los cabellos de punta y los faldones de la levita ondeando de forma espectacular, de manera que dejaban entrever las múltiples capas de las enaguas (era obvio que estaban diseñados con tal fin). La visión de un fúlgar combatiendo de noche era un gran espectáculo de chispas titilantes. Salieron despedidos por los aires todos los repulsivos y pegajosos horrores que consiguieron agarrarla; casi todos los golpes que asestó produjeron un chasquido y levantaron un reluciente fogonazo similar a un pequeño relámpago. En más de una ocasión, cuando una de aquellas bestezuelas perecía al salir despedida por los aires, chisporroteaba un arco de luz estroboscópica de un verde cegador entre aquellas bestezuelas y la fúlgar. Cada fugaz resplandor iluminaba toda la escena como si por un momento se hiciera de día. Ninguno la pudo superar, ni siquiera cuando lograban agarrarla bien: los dientes punzantes como agujas y las garras de aquellos demonios sonrientes demostraron ser impotentes contra la resistente tela endurada de Europa.